Page 8 - Ruth Morán
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al espectador a ponerse a la defensiva. Evita, de este modo, la caída en el espectáculo y la puerta falsa del artefacto descontextualizado o, si seguimos las penúltimas tendencias, recontextualizado. El riesgo estaría entonces en no saber resistirse a la tentación de la redundancia, aunque hoy todavía es muy pronto para arriesgar ninguna valoración.
En cualquier caso, resulta evidente que R.M. está perfectamente equipada para re- solver con maestría la arriesgada dialéctica que se establece entre el impulso y el orden y, así, su abstracción prospera hacia una suerte de unificación de principios contra- rios: si por un lado percibimos el vértigo de una energía disipada, por otro, aprecia- mos un orden composicional que tiende a la homogeneidad del gesto. La mezcla produce un misterioso resultado que po- dríamos calificar de geometría gestual o, para ser más gráficos, un cruce inverosímil entre Pollock y Sol Lewitt.
En su pintura el resultado suele ser la con- secución de una imagen suficientemente potente y autónoma, una poderosa imagen que consigue concentrar en una sola com- posición, y a través de una infinita redupli- cación de líneas, el inmenso caudal de una
energía que distribuye equilibradamente por el rectángulo del cuadro, dejando res- pirar los extremos superior e inferior, con lo que facilita al ojo su itinerario visual. Un itinerario cuyo fruto es una percepción pa- radójica, pues esa proliferación de líneas ondulantes tiende a la formación de un gran y enmarañado círculo cuyo centro no encontramos porque está en todas partes y cuya circunferencia, por no tener principio ni fin, no está en ninguna parte. Y quizá sea, por tanto, ésta la razón principal del gran poder de fascinación que sus compo- siciones ejercen en el ojo que las mira. Una atracción que también tiene que ver con la belleza.
En esos tupidos cultivos de nódulos, que adivinamos de minuciosa elaboración pau- sada, no hay cabida para la agonía ni el des- garro, pues las obras de R.M. no son hijas de un tiempo de violencia ni obedecen a profundas crisis existenciales, como sí lo fueron las obras de la mayor parte de los expresionistas abstractos norteamericanos. Late en ellas, por el contrario, el deseo de armonía y equilibrio. Se observa, por ejem- plo, que todas tienden hacia una composi- ción donde rige el principio de compensa- ción de masas.
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Soñé tierra fuerte. técnica mixta S/ papel, 70 x 100 cm. 2008

