Page 7 - Ruth Morán
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Se trata de energía. Y no es fácil dar con el matiz adecuado para volcar este térmi- no en nuestra lengua. Aristóteles, al que siempre que se conjeture sobre enérgeia hay que remitirse, disecciona este concepto en la “Ética a Nicómaco” y, más por exten- so, en la “Metafísica” VI-IX. Afirma, por ejemplo, que el estudio de las matemáticas o la admiración del arte son placenteros porque desencadenan una enérgeia mental. El placer para el estagirita consistiría, así, no tanto en la necesidad de llenar un vacío cuanto en la realización de una energía del cuerpo o del alma humanos1.
Los últimos trabajos de Ruth Morán tienen el don de desplegar una fuerza en acción que tiende a su fin desde sí misma. En su abordaje de la abstracción la artista logra que la energía que despliega en la superfi- cie del cuadro mantenga una tensión posi- tiva que consigue esquivar, por un lado, el descontrol de la composición (en su caso, siempre una estructura articulada) y, por otro, la pulsión entrópica que, de haberla seguido, le hubiera llevado fatalmente al desorden y a la destrucción2.
La infinidad de líneas y fuerzas multidirec- cionales que encelan sus superficies tienen la portentosa virtud de resolverse visual-
1. Aristóteles, Metafísica, VI-IX-6.
2. En el sentido que analiza Rudolf Arnheim en su obra “Ha- cia una psicología del arte. Arte y entropía”. Alianza Edito- rial, Madrid, 1995.
mente en unidad. Desde ellas nos llega la transpiración de un intenso esfuerzo físico así como de una alta capacidad de concen- tración mental.
Importando más que nada el resultado fi- nal, el trabajo de R.M. no tiene inconve- niente en dejar al descubierto los rastros del proceso, que van, sesión tras sesión, acumulándose como en un palimpsesto. En este sentido, no deben ser leídos como “experimentos interesantes” (del modo en que se entendieron en los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo las obras de Jack- son Pollock o Hans Hofmann) sino como auténticas declaraciones significativas, con todo el valor de “desenlace” de una cier- ta manera de entender la abstracción. Por ejemplo, el control de la composición y el propio carácter sacramental del género (consagrado ya por la ley del mercado y la costumbre del público) consiguen abortar el acechante impulso de muerte que latía tan agónicamente en las obras de los pio- neros abstractos3.
De una forma que nos parece muy acertada R.M. practica una abstracción que no aspira a ser novedosa ni rupturista (por lo demás, habría que preguntarse -y contestar- qué queda por romper dentro de la pintura) y que, por tanto, no obliga
3. Me remito aquí al largo artículo de Donald Kuspit “Entro- pía seminal: la paradoja del arte moderno” de su libro “El fin del arte”. Akal, Madrid, 2006.
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