Page 25 - Ruth Morán
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cioso”, por usar la expresión de Foster7- desarrolla su obra, resulta tremendamente inquietante y que la gran mayoría del públi- co y no pocos artistas tienden a rechazarlo de plano (a fin de cuentas, el XX fue tam- bién El siglo de Picasso, paradigma de la figura mítica del autor e incluso del genio). Hofmann lo resumió así en su obra canó- nica (subrayo algunas expresiones): “La problemática artística, que nuestro tiempo se plantea con la apasionada curiosidad del descubridor, tiene múltiples causas. Pre- supone que la obra de arte se ha hecho cuestionable, que su cometido y sus fun- ciones no se dan por sabidos ni quedan lo suficientemente autentificados (...). Esto trajo como consecuencia que las anterio- res determinaciones de la obra artística, y principalmente sus funciones sacras o de- corativas, pasasen a un segundo término; que se abriese al observador un espacio libre de funciones, una especie de tierra de nadie que, paulatinamente delimitada por la interpretación estética, fue ocupada con- ceptualmente y reconocida como lo que realmente es: la zona en la que la creación artística, a la búsqueda de su propia defini- ción, se autointerroga o, formulado de un modo menos exagerado, la zona en la que la obra de arte se vuelve cuestionable”. Es decir: producir entusiasmo o inquietud, in- terrogarse sobre su propia función y –so- bre todo- constituir un problema, ser un espacio donde se desarrolle el juego.
Ser artista es, evidentemente, una forma de estar en el mundo (entre los otros); y ésta se manifiesta, igual que lo hace la obra en ese contexto en y para el que ha sido creada, en forma de actividad problemática o para-
7. Hal Foster. El retorno de lo real. 1996. Es llamativa la que- rencia del autor por esta expresión, “arte ambicioso”, para re- ferirse, en su magistral obra, a aquel arte que es consciente de ser neovanguardista, recogiendo de hecho las tesis de Danto. Véase también: Arthur C. Danto. Después del fin del arte. El arte contemporáneo en el linde de la historia. 1997.
dójica, no justificada a priori, no necesaria- mente necesaria y constantemente reinven- tada. Pintar es, en suma, explorar aquello que no se ha hecho ni existe razón aparen- te alguna por la que deba hacerse: cuando “opta por la investigación..., un estudio concienzudo de hormiga que no posibilita la obra espectacular y única a la que mu- chos autores nos tienen acostumbrados”8, esta artista no se limita a estudiar, de for- ma sistemática –y crítica- elementos bá- sicos de la pintura como son el gesto, la trama o la atmósfera; esencialmente, deja constancia de una acción o, más precisa- mente, de la reiteración de una acción –en cierto modo absurda- y su desarrollo en el tiempo (por supuesto, la alusión al carácter absurdo del trabajo de Penélope es clara: la esposa de Ulises desteje cuanto teje; hace, simplemente, sin más objetivo que esa misma reiteración de la acción). Pero además, uno de los atributos de esta obra que me parece más interesante es el modo en que se mantiene siempre al filo mismo de la caída en el caos, en el desorden, en lo amorfo (que es lo feo en sentido estricto). En su obra, Ruth Morán juega a contra- decir un principio esencial: “composición; no otra cosa es el arte” ; y, sin embargo, el verdadero arte informal (Pollock, Tobey, Wols, Michaux...) muestra que, incluso de la radical negación –o contradicción- sur- ge necesariamente un sentido, siempre y cuando el mismo movimiento azaroso se reitere lo suficiente (que es exactamente lo que demostró Schrödinger desde la física estadística ). Hacer “algo” tiene pues un significado y un sentido; pero no porque venga éste dado de antemano, sino porque lo adquiere a posteriori. Esa es la aventura de Ruth Morán: una metáfora elegante del arte tal y como hoy tratamos de entenderlo y hacerlo entender.
8. José Luis Molina González. Cit.
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